—Escribes narrativa, teatro y eres letrista de canciones con la Banda Imposible: tocas todos los palos. ¿Qué te aporta —y te roba— cada uno?

Siempre he sentido la necesidad de contar historias. Y ha sido eso lo que me ha llevado a experimentar con ellas y las diferentes maneras de darlas a conocer. Al final es la misma historia la que me pide ser contada de un modo u otro. El narrador siempre es el mismo; solo cambian las herramientas. Por eso no tengo la sensación de que opte por caminos diferentes, ni siquiera a la hora de componer una canción. A fin de cuentas, un libro tiene que tener ritmo, tiene que tener musicalidad. Por todo ello, supongo que, tal vez, la mayor diferencia entre un formato u otro es que la música es más social, comunitaria, y la lectura es más solitaria, así que puede que lo que cambie al contar esas historias sea la manera de recibirlas.

—En 2019 recibiste tres premios. Háblanos de tu experiencia en este sentido.

Los premios son extraños. Pueden significarlo todo en un momento y al segundo no significar nada. De nada sirve un premio si luego la obra no es leída o representada. En mi caso particular, los premios sirvieron especialmente para reforzar mi trabajo (y mi autoestima). Creo que todos los escritores estamos bastante acostumbrados al rechazo, a la sensación de estar gritando en un pabellón vacío, sin nadie que nos escuche. De repente, recibir varios premios fue tomar conciencia de que sí había alguien al otro lado, de que todo el trabajo de estos años había significado algo. Fue un pequeño empujón para no sentirme solo y, sobre todo, para seguir trabajando y aprendiendo.

—La dedicatoria de tu último libro, El cuento del espejo, dice: «para los poetas, los cuentistas, los narradores, los músicos, los actores, los cantantes… Gracias por mentir.» Teniendo en cuenta que casi lo único que no eres es actor ¿o sí? ¿No crees que es un poco dedicarte el libro a ti mismo?

Jajajaja. Nunca lo había visto así. Pero no, no, jamás me dedicaría uno de mis trabajos; sería un regalo envenenado: soy muy consciente de mis limitaciones y, especialmente, de las limitaciones de mis obras. Dedicarme algo a mí mismo sería dedicarme mis propios errores y, si bien uno debe aprender de ellos, no debe vanagloriarse. En El cuento del espejo la mentira tiene un peso importante, especialmente en su uso como arma (arma política, en el relato). Mi intención en la dedicatoria era la de elogiar a todos aquellos que con sus mentiras nos hacen más bonita la realidad. La ficción, en todos sus campos, a fin de cuentas, no deja de ser un gran embuste, pero con el mejor de los fines. Siempre me ha obsesionado una cita de Chesterton que dice: «la literatura es un lujo; la ficción, una necesidad». No podría estar más de acuerdo; de hecho, creo que esa frase me ha acompañado en todo lo que he escrito.

—Si te llamaran para dramatizar la obra, aparte de un viaje de ida y vuelta, pues en un principio este texto estaba concebido como obra de teatro, ¿dónde te sentirías más cómodo? ¿Frente a un escenario, una pantalla de cine o la televisión (obra, película o serie)?

Soy consumidor de las tres, así que creo que lo disfrutaría en sus tres vertientes. De cualquier modo sería un halago maravilloso que la novela siguiese viva trasladándose a otros lenguajes. Cualquiera sería un orgullo.  Aunque, si me hacéis elegir, supongo que me quedaría con obra de teatro, así su viaje de ida y vuelta estaría completo.

—Leyendo El cuento del espejo, uno tiene que volver a la portada varias veces para ver si no se han equivocado intercambiando la cubierta con la de otro libro. ¿Deja esto entrever que más que una obra política nos encontramos ante una metáfora de nuestro tiempo?

Ojalá. Cuando hablaba con el editor, Ignacio F. Garmendia, acerca de la idea de la portada, ambos teníamos muy claro que no queríamos que fuese algo explícito, sino evocador, algo que pudiese entenderse mejor una vez terminada la lectura y desde varios puntos de vista. Espero que lo consiguiésemos.

—¿Qué pasa cuando la realidad supera a la ficción?

Que resulta creíble, por disparatada que sea. Sin embargo (y es una paradoja bien bonita), en la ficción todo tiene siempre que ser verosímil.

—Entendemos que en este momento hay dos tipos de lectores y obras que polarizan nuestra existencia: el que quiere entender lo que está pasando (y se acerca a la no ficción, o al relato distópico) y el que quiere evadirse. ¿Dónde te sientes más a gusto como lector? ¿Y como escritor?

Siempre he preferido la evasión, si bien es cierto que en los últimos años leo más guiado por mi afinidad a un autor y a su manera de contar que a lo que de hecho esté contando. Creo que lo que leemos de pequeños, especialmente en la adolescencia, marca en gran parte al lector (y escritor) que seremos de adultos. Yo crecí leyendo a Stephen King; se me ve el plumero en cuanto a mis gustos.

De cualquier modo, siempre he pensado que la buena literatura es aquella que se bifurca en varios senderos: uno marcado y literal, que bien puede ser aparentemente evasivo, y otro mucho más abierto a interpretaciones. Por eso un buen libro significa una cosa para nosotros cuando somos pequeños y otra muy diferente cuando lo volvemos a leer de mayores.

—¿Qué proyectos tienes ahora? ¿Alguna novela ladra en tu cajón de las obras inacabadas?

La verdad es que estoy con muchos ladridos entre manos. Por un lado estoy terminando de corregir un libro de cuentos (entre el terror y la ciencia ficción; esto podría contestar también la anterior pregunta); por otro, he empezado a darle forma a una nueva novela que tenía desde hace un año aparcada. También estoy trabajando con Juan Vázquez en un guion para una posible serie.

—Tu mujer es música y actriz, tu hermano es guionista de cómics, tienes muy buenos amigos escritores, ilustradores… ¿Tienes imán para la cultura? ¿Qué impresión te produce esta situación —que parece especialmente prometedora— con jóvenes y reconocidos profesionales de la cultura en nuestra tierra?

Tengo mucha suerte de estar rodeado de gente de la que aprendo muchísimo. Supongo que aquí sería válido ese refrán de Dios los cría y ellos se juntan. Me alegro mucho de poder llamarlos mis amigos, mi familia.

Con respecto a la situación prometedora en la que parece estar Extremadura y sus profesionales de la cultura, estoy de acuerdo. Parece que poco a poco se va rompiendo un poco más esa horrible frontera invisible que nos separa del resto del mundo. Ya no hace falta salir de tu tierra para realizar tu trabajo y que este sea reconocido. Creo que ese es un gran paso, a veces muy difícil: quedarse. Sin embargo, también creo que es la única manera de hacer crecer esta región. Hay que construir desde aquí, crecer desde aquí. O por lo menos tener la opción de hacerlo. 

Rui Díaz nace en Badajoz, en 1982.
Licenciado en filología hispánica, es profesor de lengua y literatura desde hace más de 10 años.
En 2013, junto con los ilustradores Borja González y Mayte Alvarado, crea la editorial de libros ilustrados El Verano del Cohete. Publica Los turistas, su primera novela, en 2013, y la historia corta El aniversario, dentro de la antología Fantasmas, en 2014 (ambas editadas por El Verano del Cohete).
En 2018 gana el premio Felipe Trigo de novela corta con la obra El cuento del espejo (editado en 2019 por la fundación José Manuel Lara) y el accésit en el XV premio de textos teatrales Raúl Moreno FATEX por El jardín botánico. Ese mismo año se le concede un accésit en el premio por los 25 años de la editorial De la luna libros por la colección de cuentos Las cunas torcidas (publicado en la misma editorial). En 2019 gana, junto con Juan Vázquez, el premio de guion cinematográfico de largometraje de la Junta de Extremadura por El tiempo de las cerezas. También en 2019 publica varios cuentos en publicaciones como Heterónima o Letras para crecer y en la Antología del cuento en Extremadura, coordinada por Manuel Simón Viola para la Editora Regional de Extremadura y que está pendiente de publicación.
Como músico es líder del grupo Rui Díaz & La Banda Imposible, cuyo primer LP, Los heraldos negros, fue publicado en 2016.