Feliciano Correa. Fotografía archivo particular

Feliciano Correa es historiador, doctor, profesor, escritor y cronista de Jerez de los Caballeros, ciudad donde nació en 1941.
Ha escrito del orden de cuarenta libros y entre otros títulos podemos referenciar los siguientes: Los últimos recodos del camino; Apuntalando la memoria (crónica humana sobre la riada de Badajoz en 1997); Sentir en El Escorial; El valor del trabajo en tiempos de cambio; El Manantial. El Libro del Agua; Lonchas de papel (quince títulos, que recuerdan a los antiguos pliegos de cordel); La Minuta de Núñez Barrero. Un cura contestatario del siglo XVIII; El Yunque de un poeta (sobre el poeta Luis Álvarez Lencero); El valor ya no se supone. La crisis del modelo conocido; ¿Qué es España? ¿Qué pasa hoy en España?, El enigma de la Mancha; Si yo hubiera nacido en un lugar de la Mancha; Jaime de Jaraíz. La humanidad de un pintor; Razón e historia de una Casa-Fuerte, El Señorío de La Granja; Balboa. La fantástica historia de un hidalgo español; Espuelas, Hoces y Cuchillas, y su última entrega es Hernando de Soto. Más allá del valor.
Ha ganado diversos premios nacionales de Periodismo; entre otros el del Grupo El Correo, el “Francisco Valdés” o el de la “Asociación de Cronistas Oficiales de España”.
Fue finalista del Premio Espejo de España de ensayo (1977); del Premio Nacional de Periodismo González-Ruano y del concurso literario Molino de La Bella Quiteria, en 2006.
Colaborador de más de una decena de medios de comunicación, ha sido, a su vez, fundador y director de las revistas Proa, Norma y Buho, y hasta su desaparición la muy reconocida revista literaria Vitela, de difusión nacional e internacional. Correa sigue siendo un referente en la prensa regional por sus artículos siempre muy sopesados y de un singular y pulcro estilo literario.

—Para romper el hielo… Ha escrito muchos libros y ha tenido muchos hijos; siguiendo el refrán, ¿ha plantado muchos árboles?

Uno de mis tres amores es la naturaleza. Quiero a la Tierra, mi planeta, y siempre he pretendido mimarlo dentro de mis posibilidades, que son las de cualquier terrícola biennacido. He plantado muchos árboles. En mis casas y en casa ajena. Mi trozo de tierra en el Jerez de mis amores sabe de esto. Pero incluso cuando algún amigo me ha querido regalar algo le he dicho: «regálame un árbol». Algunas de estas personas han fallecido y cuando paso junto a esos apuestos seres vegetales, suyos y míos, ya gigantes, les recuerdo y les hablo. Y esa condición de saber amar el suelo en el que vivimos, he intentado transmitirla a mis hijos, a mis alumnos y a quienes bien me conocen y han estado cerca de mí.

—Dedica uno de sus libros a Álvarez Lencero. ¿No le parece que tanto a él como a sus dos coetáneos, los poetas Delgado Valhondo y Pacheco, aparte de la ectoplásmica estatua junto al río, nadie los recuerda? ¿Qué tipo de acciones cree que serían necesarias, por parte de la autoridad competente para rescatar y potenciar las obras de estos autores?

Tuve una amistad llana y muy cercana con Luis Álvarez Lencero, incluso con su compañera Mari Fe. Guardo un pequeño legado de su biblioteca personal que me cedió. Jesús Delgado Valhondo estuvo conmigo en la Comisión Provincial de Patrimonio, que yo presidía, y era un personaje difícilmente catalogable, pero fantástico y desenvuelto humanamente hablando. Manolo Pacheco me precedió en la Real Academia de Extremadura. Recuerdo que publiqué en ABC un obituario por encargo de Santiago Castelo, al fallecer.
Desde luego hay una conexión temporal entre ellos, cada uno tiene su estilo y su enjundia, y tal vez haya que estudiar ese fenómeno, si me permite decirlo, descifrar a ese «tripartito», que enriqueció nuestra literatura y ahí está. Su legado queda y desde luego se le recuerda. Pero, sí, aparte de esa expresión tan uncida de gestos humanos que saludan al pasar junto al Guadiana, creo que haría falta un estudio en profundidad sobre la coincidencia lírica de los citados autores, verlo como un hecho humano y literario, tal vez. Como en el Derecho comparado, abundar en sus paralelismos y en sus divergencias podría dar para un buen ensayo.

—Lleva viviendo muchos años en Badajoz, compartiendo tribuna desde siempre con literatos y estudiosos de estas tierras. ¿Ha notado un relevo generacional en el aforo que acude a estos actos literarios?

Siempre hay un relevo, que enriquece o empobrece lo anterior. Yo regresé a Extremadura en 1976, pero siempre estuve aquí. Aquí estaban los míos, los nuestros, y mis hijos, a pesar de haber nacido algunos fuera, todos se sienten, como yo, carne viva de Extremadura. Lo que sí puedo decir es que gente que repensaron a nuestra región, que sintieron la esperanza de un lugar mejor durante la Transición Política, ya no están. Aquel ardor esperanzador se ha desvanecido y haría falta que surgieran personas que entiendan la necesidad de una mejor justicia distributiva con nuestros paisanos con el apadrinamiento del Estado. Somos portadores de aire limpio y eso no se cotiza en bolsa, entiéndaseme, aunque se hable mucho de ello.
Nuestra región pesa poco en el panorama político. Somos vecinos leales con España. No protestamos. Y la urgencia y los recursos se usan para consolar o pacificar a los que, con más poder político, quieren más y más, y hay que dárselo para que no molesten. Pero esas demandas jamás acaban. Los diferentes gobiernos desde 1978 no han logrado la solidaridad interregional que se predicaba en el proyecto constitucional y han sido cómplices de los abusos de los nacionalismos.
Yo creo que hay un lento relevo en la concurrencia a actos literarios, siempre nos vemos los mismos y algunas caras nuevas que van tomando responsabilidades. No hay que desfallecer en esto. El relevo siempre llega.

—En la actualidad, forma parte de la Academia de las Letras y las Artes de Extremadura. ¿Cuál es la labor de esta institución y cuál su función como académico censor?

Nuestra Real Academia es una institución que ha reunido a cabezas muy brillantes. Su creación fue un acierto y mucho se debe al recientemente fallecido Manuel Terrón Albarrán, que fue Secretario Perpetuo de la institución. Pero un organismo, por muy postinero que sea, ha de ser útil, válido para el lugar en el que se ubica. Algo que hacemos en la medida de nuestras posibilidades. Tenemos una casa solariega en Trujillo, con una valiosa biblioteca que es el fruto de la donación de los académicos que han ido desapareciendo. Pero para que sea una academia viva ha de contar también con el respaldo institucional, que cada vez es más pequeño. Nuestros programas se cumplen más por la cooperación y aporte personal e incluso material de los académicos, que por el decidido apoyo económico de quienes vieron con ilusión la creación de la RAEx. Hoy somos los académicos quienes sufragamos los gastos derivados de reuniones y estancias. Como aspecto positivo es que, a pesar de la edad y de trayectorias tan brillantes, todos son gentes bien dispuestas a cumplir los encargos que la academia les indica. Unas de estas tareas las hacemos a demanda de las instituciones y otras por iniciativa de los académicos o de la Mesa, a la que pertenezco como censor. Ello implica la obligación que tengo de hacer que se cumpla lo establecido en nuestros estatutos y en el reglamento.

—También forma parte de la Real Academia de la Historia y un buen número de asociaciones y fundaciones, todas relacionadas con la cultura. ¿Qué destacaría de estas organizaciones a la hora de dinamizar y potenciar nuestro legado cultural?

Hemos de elogiar el esfuerzo de supervivencia de estas asociaciones culturales. Ello es posible por ese amor al pensamiento, a las artes, y por el respeto de figuras que nos precedieron. Todas ellas merecen ser admiradas y en la medida de nuestros recursos, apoyadas. Ser académico correspondiente de la Real Academia de la Historia es un honor al que sirvo dentro de mis posibilidades. Atiendo lo que se me requiere y estoy al tanto de todos los proyectos de esta prestigiosa corporación.

Hay una ley no escrita, según la cual, los intelectuales de centroderecha acaban generando más empatía con el ciudadano de a pie que los pensadores de corte más izquierdista. Pienso en Luis Alberto de Cuenca o Juan Manuel de Prada. Teniendo en cuenta su condición de intelectual y su perfil conservador, ¿a qué cree que se debe esta paradoja?

Estuve en la política, es verdad, y no con mucha fortuna pues los partidos en los que milité desaparecieron, y también es cierto que soy el primer español que ganó un contencioso electoral en el Tribunal Constitucional. Pero lo que perdió la política, si algo perdió conmigo, lo ganó la cultura. En cuanto al otro aspecto de su pregunta le diré que yo creo que hay dos tipos de adhesiones muy diferentes. Y todo depende de una predisposición mental de la persona sobre cuestiones ideológicas, que le vienen bien por herencia o por sus lecturas o por su experiencia vital. Aquellos ciudadanos más amantes del orden, del mantenimiento de unos valores entendidos y que llegan con un largo recorrido en la creencia en el valor de la tradición, son más proclives a tratar o seguir a esos escritores que sin ánimo de motejarlos negativamente podemos llamar conservadores. Y otro grupo de ciudadanos, más amantes de la innovación en las maneras y en los modelos, más comprensivos con posicionamientos rompedores de los precedentes, anarquistas en sus formas a veces, o más condescendientes con sectores marginales, parecen creer que tienen la mejor solución para las políticas sociales que puedan propiciar una justicia social más distribuida. No sé en qué porcentaje apuntalan unos u otros escritores, porque la influencia de los medios de comunicación, a la hora de votar, por ejemplo, manda mucho e influye el márquetin. Un buen diseño es capaz de condicionar no solo el voto sino, previamente, el pensamiento, despojando a la persona del sentido crítico. Hoy la creación de opinión manda mucho, de ahí que se valore tanto a los mejores gurús que a esto se dedican. Pesa enormemente la propaganda política de largo recorrido y desde luego mucho más que los mensajes de los quince días que dura una campaña electoral. Yo creo que la izquierda que usted cita tiene menos pudor social para hacer llegar sus mensajes. Incluso apuesta con más suelto desparpajo en predicar que tiene la legitimidad moral para hacerlo.

—En su vida y obra está siempre presente Jerez de los Caballeros: como cronista oficial que es, como presidente de la fundación jerezana “Puente Viejo”, por sus estudios sobre la Orden del Temple, etcétera. En 2019 ha sido nombrado Jerezano Ilustre, mención que solo dos personas han logrado. Y hace seis años se atrevió a tratar con uno de sus vecinos más ilustres, Vasco Núñez de Balboa, realizando un libro monumental. Cuéntenos el proceso de documentación y escritura de un libro tan complejo, y la recepción y alegrías que le ha supuesto.

Comenzaré por una anécdota. Estos días es famosa la calle madrileña Núñez de Balboa, por las manifestaciones que allí tienen lugar. La Cadena SER, en el programa de Àngels Barceló, preguntaba a un historiador colaborador de la cadena radiofónica y para ilustrar a sus oyentes, sobre quién era este personaje. Se hizo un breve, y no muy acertado, perfil del descubridor, pero solo se recomendó un libro y a un autor, el mío.  Y es que, en verdad, perdón por la aparente inmodestia, me siento muy satisfecho de este título. Cuando se presentó en 2014 en el Instituto Cervantes, en Madrid, Cristóbal Colón de Carvajal, Duque de Veragua, afirmó en esa tribuna que era el mejor libro que se había escrito sobre el jerezano. Eso naturalmente me compensaba el largo esfuerzo realizado. La obra fue extraordinariamente acogida en España y en Panamá mucho más, donde Balboa y su gesta es más reconocida y celebrada que en nuestro país. Extremadura tiene un superávit de grandes figuras y eso hace que a algunas no se atiendan como sería justo por lo que protagonizaron. Balboa abrió la última frontera del mundo y ese Lago Español, como llamaban los europeos con cierto desdén al Pacífico antes de conocer su inmensidad, se fue convirtiendo en el centro del mundo. La gestiones comerciales y bélicas que tuvieron primero su centro en el Mediterráneo, pasaron luego al Atlántico, y a partir de 1513 bascularán hacia el Pacífico, sobre todo cuando en 1520 Magallanes y Elcano lo atraviesan en su periplo mundial. Sin duda con Balboa se brindó al mundo civilizado de occidente la comprensión global del planeta. Por eso su aventura atravesando el istmo fue enorme. Pensemos que ni siquiera los chinos se atrevieron a adentrarse en ese inmenso «lago». De tal modo que fue uno de aquí, criado entre encinas y monte bajo, quien se lanzó con ese arrojo de los personajes claves del siglo XVI, cuyo liderazgo y el amor a la aventura y a otras encomiendas apostólicas y de logro de bienes no podemos imaginarlo del todo, a descubrir lo ignorado. Era lanzarse sin retaguardia a descubrir espacios ajenos habitados por gentes extrañas. Era pisar espacios ignotos. Así que fue a partir de entonces cuando se empezó a comprender en su dimensión verdadera el mundo que habitamos.
Mi obra ha dado lugar a un estudio crítico en un libre reciente escrito por el historiador Juan Estepa, al que agradezco la disección y cuidado con que acometió ese trabajo. Su aportación apareció bajo el sello Editamás.

—En su último libro, Espuelas, hoces y cuchillas, realiza un retrato de la Extremadura de finales del XIX y primera mitad del XX. ¿Qué conclusiones sacó usted del estudio de estos años, en los que parece que nuestra región estaba congelada en el tiempo, social, económica y tecnológicamente?

Este es un libro de enorme calado, y perdón por la aparente pedantería. Me ha llevado varios años. Su origen fue hallar unos manuscritos de las asociaciones de taponeros, que tanta importancia tuvieron en los alcornocales sureños cuando los catalanes e ingleses querían hallar la materia prima que necesitaban para embotellar sus productos y pretendieron colonizarnos. Eso me llevó a completar el marco histórico y social para contextualizar el ambiente de ese periodo.  Reflexioné en aquellos escenarios, bien documentados por mi parte, donde la gran masa de población que padecía la bota de las oligarquías, e incluso moría en la mayor indigencia. No valió ni la Rerum Novaron de León XIII, para modificar aquellas injusticias. Los curas de pueblo estaban más cerca del señorón y de los señoritos que de tantos necesitados. Pero no por ello dejo de mencionar ejemplos extraordinarios de sufridores religiosos, que vieron la necesidad de tomar partido y de salir de las sacristías a la calle. No puedo enumerar aquí las conclusiones de una obra de gran formato, con casi 500 páginas y cientos de notas complementarias, pero por citar una sola, que no sé si es virtud o dejación, puedo decir que la paciencia hizo que la Extremadura de aquel periodo no se vaciara. Aquí no hubo revolución industrial y sostengo que nuestra ubicación, pegados a una frontera poco permeable, en la retaguardia de la gran balconada del Mediterráneo, en este sitio que yo he llamado «los corrales del mapa», nos perjudicó. Las guerras de separación de Portugal en el siglo XVII fueron nefastas para los extremeños. Cualquier persona interesada por la cuestión social y el pasado sufriente de nuestros cercanos abuelos, podrá hallar en esta obra informaciones que seguramente les son ajenas.

—Háblenos de su incursión en la prosa poética con el libro Amar, y de su colaboración con el pintor Eduardo Naranjo encargado de las ilustraciones.

Naranjo, lo sabemos, es un artista puntero en el panorama español contemporáneo. Yo le hablé de mi texto y me dijo: «Yo no suelo ilustrar trabajos literarios, pero como amigo y compañero académico te pido que me dejes lo que has escrito y yo decido». Eso fue definitivo porque le convenció. La obra se honra con sus pinturas y puede incluso entenderse mejor la enjundia de un texto que habla de las edades del amor. Siempre es posible amar, pero en cada edad se ama de una manera. Hay, como en las cuatro estaciones, una primavera ilusionante y onírica; un verano ardiente y lleno de plenitudes y descubrimientos; Hay un otoño de melancolías donde los amantes se plantean lo que pudo ser y no fue. Es un periodo meditativo que a veces se cura con la ternura correspondida entre los que aman y, otras veces, se quiebra por la incomprensión de uno sobre otro. Es tal vez la época más sufrida del amor, seguramente porque como escribe Pablo Neruda en sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Y luego llega el invierno. Llega el frío, llega la hora de buscar el refugio, de valorar lo que se tuvo y lo que se retuvo. Es toda una trama melancólica incluso, en ocasiones, dolida por el sentimiento que emerge al ver sufrir al compañero o a la compañera. El libro tiene una traza literaria cuidada y jamás relamida. Se agotó a los pocos días de aparecer.

—¿Qué otras ficciones, dentro de la narrativa, ha escrito o está escribiendo, y qué diferencias encuentra frente a la obra ensayística, que comprende la mayoría de su bibliografía?

Me arrebata el cultivo del pensamiento y la literatura. Escribir lo que te pasa por la cabeza ya es un milagro. Poder llegar a otros con el sonido de la palabra o con los garabatos que se llaman letras, y que tienen la virtud de trasladar conceptos, eso es algo casi mágico. Amo la palabra, la frase conseguida, el hallazgo acurrucado en medio de un renglón. Mis trabajos han sido sobre todo de ensayo como usted bien señala. Mi discurso de ingreso en la RAEx lo titulé Ideario para un humanismo en el siglo XXI. Nuestro lustrado arzobispo Antonio Montero siempre lo ha tenido en su mesilla de noche, y eso fue para mí un aval.
No he tenido tiempo para adentrarme en la novela, sí en cuentos y en narraciones menores, o en poemas, ocasionalmente. Pero me ha apasionado sobre todo la historia y descifrar el pasado, pues entiendo que es un ejercicio que compensa mucho porque al descubrir el ayer, entiendes mejor el hoy. Incluso te entiendes mejor a ti mismo. En la actualidad vivimos una historia social y política apasionante y quienes sepan hallar las claves en el futuro de por qué procedimos de una manera u otra, apasionará a los lectores si acierta en el modo del relato. En mi colección Libretillas Jerezanas, que fundé en 1992, hay biografías y textos muy propios de mi afán de hacerme entender y de valorar a los que nos precedieron. Una tarde estando en El Escorial me puse a Escribir Sentir en El Escorial. Me arranqué por la historia, por la grandeza de nuestra nación y los rastros de aquel imperio fenecido en el XIX. Se hizo con lo escrito una edición de lujo. En mi obra La Columna Invertebrada, que es una antología, selección naturalmente de mis escritos periodísticos, puede descifrarse una parte de mi pensamiento. 

—Para terminar, ¿qué balance hace de los últimos años con respecto a la evolución de la oferta cultural en Badajoz? ¿Qué echa de menos en este sentido?

Badajoz tiene muchos valores culturales. Unos yacen escondidos en individualidades, en las biografías que solo algunos cercanos conocemos. Otros son bien palpables por muchos paisanos. La ciudad, este antiguo reino, es un lujo para recrearse en páginas llenas de interés, y donde no pocos de los aquí nacidos tuvieron un papel sobresaliente. También subyace mucha enjundia y condicionamiento, a veces poco se repara en ellos, dada nuestra condición de ciudad de frontera. Yo creo, a pesar de lo que pueda parecer, que vivimos una buena época de fertilidad cultural. Hay asociaciones y fundaciones que han apostado por ello. Entidades como la Real Sociedad Económica de Amigos del País, o la Fundación CB, que con gran sentido común pilota Emilio Vázquez; o la apuesta de la Diputación de Badajoz por la difusión y patrocinio de la cultura de la mano de su presidente Miguel Ángel Gallardo Miranda, esto todo es una suerte. Otras iniciativas particulares o de colectivos de barrios, son buena muestra del apego que los ciudadanos tienen por estas cuestiones, a juzgar por la respuesta a las diferentes citas. Y es de justicia decir que el Ayuntamiento de Badajoz, a través de su Concejalía de Cultura y por el empeño decidido de Francisco Javier Fragoso, su alcalde, ha internacionalizado los Premios Ciudad de Badajoz, que tienen un eco de prestigio ya muy sólido.  No pocas personas de los diferentes jurados analizan con exquisito cuidado los trabajos que concurren a las distintas ramas del saber.
Mi conclusión es positiva y naturalmente mejorable, pero no puedo detenerme más en ello. Pero, permítame una reflexión final. El pensamiento, por lo general, es previo a la acción y si no cultivamos el ejercicio pensante y lo fundamentamos apuntalándolo con gente solvente y bien preparada, el desarrollo económico-social también se estanca. La cultura es siempre una inversión rentable, esto si no se lo creen los políticos están errando en su gestión. Yo lamento no tener más tiempo y más vida para adentrarme en tanto como se ha escrito, tanto bueno y tan brillantemente; esa es una limitación insalvable claro, pero mi confesión en este final de la entrevista es también un desahogo personal que me permito hacerle.
La cultura es una palanca que mueve casi todo. Lo ha escrito clarividentemente Ortega y Gasset, y antes y después de él otra mucha gente. Yo, modestamente, así lo pienso también.

—Su última obra está firmada junto al escritor Juan Estepa, algo que no es común a su producción literaria e investigadora, pues siempre aparece en soledad su nombre como autor. Hablamos del trabajo sobre el adelantado de La Florida, Hernando de Soto.

Tenía muchas otras ocupaciones cuando concebí esa obra, aunque llevaba décadas juntando papeles sobre el tema; desde mis jóvenes años de estudiante en la Universidad de Deusto. Pero me pareció acertado pedir que fuera compañero de fatigas en este proyecto mi amigo Juan Estepa García. Y, en efecto, a finales de 2020 presentamos este nuevo trabajo que tiene varias virtudes, desde el ángulo de la enjundia investigadora, que me permito destacar. Por un lado queda fehacientemente demostrado que el Adelantado de La Florida nació en Jerez de los Caballeros. Él jamás habló ni citó en todos los documentos que se han manejado, el nombre de Barcarrota, que algunos tozudamente insisten en señalarlo como su lugar de origen. Ni se alude a ese sitio con motivo de su ingreso de la Orden de Santiago, ni en su testamento, ni en el juramento de los testigos para su ingreso en esa orden militar, ninguno refiere el nombre de tal villa. Y los que comparecen son personas que dicen conocerlo, algunos incluso desde niño, y que han conocido también a sus padres. Y, agregaré, que él quiso descansar junto a su madre en la capilla de la Inmaculada, en la iglesia parroquial de San Miguel de la ciudad templaria, como escribió en sus últimas voluntades testamentarias. Otro aspecto que debe valorarse en el libro es el arduo trabajo diseñado en un mapa muy completo sobre el recorrido del jerezano por esas lejanas tierras. Nunca, nadie, en ningún otro trabajo, ha realizado de manera tan minuciosa y a todo color ese trayecto de De Soto y sus hombres. Todo ello expresado en casi 500 páginas. La gran aventura narrada es algo excepcional, donde se destaca y sobresale la valentía de tan excelso capitán, lo cual nos hizo titular de tal manera la obra: Hernando de Soto. Más allá del valor. Algunas reseñas ya publicadas dan idea de la enjundia investigadora de esta edición que nos ha llevado cuatro años de trabajo.

NOTA. – Las obras de Feliciano Correa se han editado en su mayoría bajo el sello de Tecnigraf Editores. Otras han sido publicadas con el respaldo la Diputación Provincial o el Ayuntamiento pacense, además de otras en editoriales foráneas.
Los interesados pueden solicitar mayor información a libretillasjerezanas@gmail.com